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domingo, 10 de mayo de 2009

Paso de montaña

Dentro del libro “El caminante” de Hermann Hesse aparece este precioso relato sobre “el paso de montaña” Estaba esperando el momento adecuado para compartir este relato con todos aquellos amigos que no sabían nada de él. Aprovecho este día, como pudo ser cualquier otro día, para incluirlo en el blog. Es uno de esos cuentos que lees de pequeño y del que ya nunca puedes apartarlo de tu vida, por trasmitir pensamientos afines a los tuyos y con los que siempre te guían en el día a día. Para todos aquellos que sienten/sentimos algo especial cuando caminamos por un sendero o "paso de montaña":
El viento sopla sobre el valiente sendero. Árboles y arbustos han quedado atrás, aquí sólo hay piedra y crece el musgo. Nada tiene nada que buscar aquí, nadie posee nada, los campesinos no tienen heno ni madera a estas alturas. Pero la lejanía atrae, el anhelo consume, y ellos son quienes han construido, a través de las rocas, pantanos y nieve, este buen sendero que conduce a otros valles, otras casas, otras lenguas y otros hombres.
Me detengo en el punto más alto del paso. El camino desciende por ambos lados, hacia ambos lados fluye el agua, y lo que aquí se encuentra próximo y va de la mano halla su derrotero hacia dos mundos. El primer charco que rozo con el zapato fluye hacia el norte, sus aguas llegarán hacia mares lejanos y fríos. En cambio, el minúsculo resto de nieve que hay a su lado gotea hacia el sur. Pero todas las aguas del mundo vuelven a encontrarse, y los mares helados y los ríos se mezclarán en el húmedo vuelo de las nubes. La antigua y hermosa parábola santifica mi hora. También para nosotros los caminantes todos los caminos conducen a casa.
Mi mirada aún puede elegir, le pertenecen todavía el norte y el sur. Cincuenta pasos más, y ante mí sólo se abrirá el sur. ¡Cómo respira misteriosamente desde los valles azulados!¡Cómo va a su encuentro el latido de mi corazón! Sopla desde él un presagio de lagos y jardines, un perfume de vino y almendra, saga antigua y sagrada de anhelos y peregrinación romana.
Mis recuerdos de juventud tañen como campanadas de valles remotos: ¡el vértigo viajero de mi primera visita al sur, la ebria respiración del aire de exuberante jardines junto al mar azul, la escucha vespertina de la patria lejana a través de pálidas montañas nevadas! ¡La primera oración ante las sacras columnas de la antigüedad! ¡La primera mirada abstraída hacia el mar espumoso tras rocas de color pardo!
El vértigo ya no existe, y tampoco la urgencia de mostrar a todos mis amores la hermosa lejanía y mi propia felicidad. Ya no es primavera en mi corazón. Es verano. El saludo de los desconocidos tiene otro acento para mí. El eco que despierta en mi pecho es más tranquilo. No lanzo el sombrero al aire. No entono ninguna canción. Pero sonrío, y no sólo con los labios. Sonrío con el alma, con los ojos, con toda la piel, y ofrezco el país que me envía su perfume unos sentidos diferentes de los de entonces, más bellos, más serenos, más agudos, más experimentados, y también más agradecidos. Hoy todo esto me pertenece más que entonces, me habla con matices más ricos. Mi anhelo embriagado ya no pinta con colores de ensueño la lejanía misteriosa, mis ojos se contentan con lo que se ven, porque han aprendido a ver. El mundo es más hermoso que entonces.
El mundo es más hermoso. Estoy solo, y la soledad no me hace sufrir. No deseo otra cosa. Estoy dispuesto a dejarme cocer por el sol. Siento avaricia de madurar. Estoy dispuesto a morir, dispuesto a nacer de nuevo.
El mundo es más hermoso.

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