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viernes, 22 de mayo de 2009

Ensayo para un cuento JL Jarne / 2009

El invierno se terminó, el calor ha llegado y con él la llegada de nuestras aves migratorias. La foto corresponde a la última nevada de este año y del pequeño manto blanco que cubrió las cotas más altas de nuestros montes. Hoy para comentar esta inusual foto me permito la pequeña osadía de escribir este pequeño cuento que ha ido brotando en esta media hora delante del ordenador… así que lo puedo considerar un pequeño ensayo para lo que pudiera llegar (que nunca llegará...)
El ruido de fuerte viento le hizo abrir un ojo, el ligero recorrido con su delicada mirada le hizo entrar en un mar de dudas y su cabeza no podía razonar el motivo del por qué se encontraba allí. El intento de mover su ala izquierda le proporcionó una descarga de dolor que le hizo perder de nuevo el conocimiento. Pasó el tiempo en el confortable agujero del gran roble. Entre sueños oía el murmullo del viento, las gotas de lluvia y en ocasiones una ligera corriente de hielo le rozaba la cara. Trascurridos no se sabe cuantos días tuvo la fuerza suficiente como para levantar la cabeza y contemplar el mullido lecho, pudo observar asombrado el acopio de comida que había en uno los laterales y se preguntó quién viviría allí. Le entró pánico al pensar que pudiera ser él mismo una pieza de esa despensa, pero quedó tranquilizado al saber que en esos días nadie le había visitado.
Se puso en pie en un esfuerzo mucho mayor que el que pudiera suponer su viaje migratorio y se acercó al orificio de entrada del agujero. Quedó deslumbrado al contemplar por primera vez ese manto blanco que cubría todo y ya no supo que pensar ni que decir, sólo sintió tristeza de su tierra cálida sureña y miedo al pesar que su fin estaba próximo. Permaneció en el agujero sin salir durante días y gracias a los frutos, semillas, hojas, bayas y restos de comida que los anteriores inquilinos habían dejado su maltrecho cuerpo fue fortaleciéndose. Transcurridos un par de meses el ala empezó a tener la fuerza suficiente como para aletear y así poder hacer equilibrios por las ramas cercanas al agujero y poder sentir algunos días un poco el calor débil del sol invernal. Pasado el periodo de dudas, llegó el de preocupación por la familia de Ardillas que deberían estar ocupando su lugar y rogó al firmamento que estuvieran bien. El invierno pasaba sin apenas salir de su cálido hogar. Una mañana le despertó un lejano bullicio que se acercaba poco a poco y del que sin saber todavía el motivo tantas palpitaciones le galopaba su añorado corazón. Esa calida mañana de mitad de febrero pudo ver en un deslumbrante cielo azul el primer bando de ruidosas grullas que regresaban a tierras europeas para pasar el periodo estival y de sus ojos empezaron a brotar alegres lágrimas ya que sabía que pronto recibiría la visita de los de su especie. Nunca pudo olvidar ese invierno, como nunca pudo olvidar el refugio de esas trabajadoras ardillas que le salvo la vida.
Cada año regresaba a ese árbol y pasaba largas horas esperando que vinieran para darles las gracias, aún sin saber la manera ni la forma más correcta. Nunca se oyó mejor trino alegre como aquel día que la pequeña ardilla entro en la guarida para inspeccionar aquel agujero donde había nacido ya hacía bastantes años atrás y del que sólo recordaba el calor familiar. Decidió acomodarlo para poner su camada. Nunca supo el motivo por el que ese ruiseñor estuvo siempre tan cerca y tantos cánticos gorgoreaban de felicidad, como tampoco entendió nunca porque en el interior de la guarida encontró tal cantidad de trocitos de avellanas, cuando él tenía que desplazarse durante días a otro valle saltando de árbol en árbol para poder llegar a degustarlas. Lo que sí intuía que tanto una como la otra duda debían de tener algo en común, por lo que agradeció a la estrella más luminosa ser tan afortunado.
Ensayo para un cuento JL Jarne / 2009

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