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lunes, 27 de abril de 2009

Una pincelada de color

Recuerdo un pequeño cuento que leí hace un tiempo que trataba sobre un árbol, un carpintero y un granjero. Un día el grajero quiso arreglar su estropeado establo y pidió ayuda a un carpintero. El primer día que trabajaban juntos la cosa no funcionó bien y los problemas se iban añadiendo uno sobre otro, cuando no era su sierra la que se estropeaba, era algún material que le faltaba. Así trascurrió la jornada entre tristezas, mal genio y lleno de sinsabores. Al terminar la jornada el granjero le propuso llevarlo a su casa, a lo que aceptó proponiéndole, el triste carpintero, compartir la cena con su familia. Al llegar al portal de su casa el carpintero se acercó a un gran árbol que tenía en el jardín, lo tocó y posteriormente entraron en la casa. Sólo traspasar la puerta el granjero quedó asombrado de la transformación de su nuevo amigo, viendo en su cara una gran sonrisa que hizo alegrar a sus hijos y su esposa. Así trascurrió la velada entre risas y juegos. Al tiempo de la despedida, el grajero, no pudo resistirse a preguntar por esa trasformación después de tocar el árbol del jardín. Le dijo que cada día al llegar a casa cuelga todos sus problemas en ese árbol, porque sus problemas no tienen por qué sufrirlos su familia, y a la mañana siguiente de vuelta al trabajo se acerca al árbol y los vuelve a coger. Lo más curioso del caso es que todos los días a ir a recogerlos siempre hay muchos menos de los que ha dejado la noche anterior, por lo que quizás las personas nos preocupamos demasiado por cosas insignificantes.

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